Descubrir el amanecer desde el Monte Batur

El Monte Batur es uno de los volcanes activos en Bali, en la región nororiental de la Isla, en el sector de Kintamani, a 90 minutos de Ubud y a 120 minutos de Kuta. Hace parte del cinturón de Fuego de Indonesia, país que cuenta con más de 120 volcanes activos. Se ubica entre 2 calderas, al norte del Monte Agung, y sus faldas están bañadas por el Lago Batur. Por tanto, es un escenario volcánico que ha atraído a miles de turistas, con lo que se ha masificado más de lo habitual, pero es una experiencia que no olvidarás.   

Qué esperar del tour al Monte Batur?

Como muchos lugares en Bali, el ascenso al Monte Batur al amanecer es una visita obligada cuando estás allí, es un programa que se puede contratar en cualquier agencia, hotel, tienda turística; donde lo único que cambiará es el precio a pagar, y donde regatear, como debes aprender a hacer en Indonesia y en el Sudeste asiático, te va a permitir disfrutar la experiencia a tope, sin desocupar tus bolsillos, aunque es un destino económico para cualquier viajero. Todos incluyen lo mismo: Recogida, en Ubud o cercanías, traslado hasta las faldas del Monte Batur, a 1100 metros sbm, previamente con una parada corta para desayunar, localmente con café o té y pancake de banana. Guía hasta la cumbre del Monte Batur, donde, con otra carga energética, con huevos, pan, y banana, podrás sentarte a ver el majestuoso amanecer con el Monte Agung por delante. Al descender, caminarás por los 3 cráteres del Monte Batur. De allí, de retorno al hotel. Un plan de Mediodía. Suena provocador, y si buscas en redes sociales, verás que es una visita que vale completamente la pena. Es un sí o sí, cuando te encuentras en Bali.

Ahora bien, ponte cómodo, cierra tus ojos, respira profundo, y sumérgete en esta historia de cómo fue visitar el Monte Batur para nosotros, y un centenar de personas que asistió ese día a esa gran aventura.

Nuestra inesperada travesía

Todo comenzaba como un día normal, eran las 2 de la mañana y en la ciudad reinaba el silencio, la ausencia de figuras en sus calles, solo permitía abrazar la tibieza de la madrugada. Mientras toda la ciudad dormía, nosotros salíamos entusiasmados hacia lo que sería un fantástico día, ya que el corazón y la mente sincronizados resguardaban una imagen y una emoción que pocas veces se puede ver en el común vivir de los seres humanos.

Tras algunos minutos de espera, nuestro coche llegó. Éramos los últimos en enfilarnos allí, y tímidamente saludamos a los que serían nuestro grupo del día, una pareja de india, y una pareja francesa; era así como ese collage de trotamundos empezaba esa jornada, inmersos en la negrura de la noche que sólo rescataba algunas luces en el camino, donde la gran caravana se iba formando también, rodando en esa serpenteante carretera.

Tras 60 minutos, en donde nadie dormía al interior del vehículo por una emoción envolvente, hicimos una breve parada para recargarnos de energía con un desayuno local y una humeante taza de café, y mientras sentados nos dejábamos llevar por el aroma de esa taza, desfilaban ante nosotros otras siluetas, y escuchábamos diálogos indescifrables de todos los que allí se encontraban, aunque había algo que sí lográbamos reconocer, las sonrisas cómplices  una palabra: Batur.

Estiradas las piernas, los músculos preparados y dispuestos, la piel un poco más cálida, decidimos continuar nuestro camino, la caravana aceleraba hacia su destino final, perdiéndose por momentos esas parpadeantes luces rojas en el camino.

 

Así llegaron las 4 de la mañana, y, aún cobijados por la tibieza de la noche, sin luces que nos respaldaran, bajamos del coche, nos pusimos nuestras linternas, para que, como caminantes de la noche, comenzáramos a dibujar el horizonte. Bajo la tutela de nuestro conductor y guía, inició el verdadero propósito de este día: Escalar el Monte Batur para apreciar el amanecer desde sus colinas y con el Monte Agung desfilando en el horizonte y anteponiéndose como un centinela al despertar del Sol, una caminata de 2 horas llena de adrenalina.

Comenzamos a trasegar ese camino, que al inicio se acomodaba a nuestras huellas, ya que el asfalto nos engañaba con la pendiente que teníamos delante, y el esfuerzo de esos músculos que se habían preparado para esta jornada hacían su gran papel. Comenzamos a ver cómo la espesura de la noche, entreveía innumerables e incandescentes linternas, como luciérnagas que danzan en la noche, por los campos y linderos de la montaña.

Comenzamos a disminuir un poco el ritmo, porque el cuerpo apremiaba y era necesario tomar un segundo aire, haciendo que hasta los bronquiolos mismos sintiesen ese perfumado aire matinal, o porque alguno de los otros caminantes se detenía. Allí comenzamos a descubrir que éramos parte de una horda de caminantes, de descubridores de amaneceres, y que esa horda también significaría que la meta estaría densamente poblada al momento de llegar a cumbre. Pero eso en ningún momento restó emoción, aunque generaba inquietudes, y repetidamente decíamos. “Es increíble pensar que el único lugar en donde hemos tenido este trancón de transeúntes, sea en un sitio natural, y sea para ver un amanecer. No estábamos en un museo, no estábamos ante una obra de arte; y sin embargo la fila era interminable, tanto por lo que podíamos observar hacia adelante, como lo percibido cuando dirigíamos nuestra mirada hacia atrás.

Una marcha lenta, pausada, escalonada, jadeante, comenzaba a proponer la cercanía a la cumbre, y al comenzar a observar como familias de desconocidos se formaban por la emoción de estar allí, se sentaban juntos al frío del amanecer, como si estuviesen frente al calor de una chimenea, disfrutando una taza de té, dibujando sonrisas en el aire, entrecortando suspiros de lo que pensábamos iba a suceder. Cada vez más cerca, y animados por nuestro guía, comenzamos a buscar un lugar que nos acogiera para lo que parecía iba a ser un espectáculo que no olvidaríamos; cuando ya en el horizonte los primeros rayos del sol trazaban líneas tímidas sobre el firmamento, y una densa bruma quería apoderarse de su luz.

Llegamos a cumbre! Buscamos lugar para sentarnos. Equipos preparados. Emoción al límite. Una sonrisa nuevamente cómplice, india, francesa, balinesa y colombiana, participaban sincrónicamente en ese momento.

“La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida!” dice una canción que solíamos escuchar. Y en una renombrada película hollywoodense se decía “La naturaleza se abre camino”. Y eso fue lo que obtuvimos esa mañana, sorpresas y un reconocimiento de cómo la naturaleza obra autónoma así se desvíe del mapa mental humano.

Fue así, como ese Agosto, en la madrugada donde centenares de ojos dispuestos como un ejército, se enfilaba en dirección al Monte Agung y a lo que queríamos fuese un óleo de colores amarillos y naranjas, lo que recibimos de la Madre Naturaleza fue una bruma demasiado densa y luego un diluvio que no tenía nombre, ni tiempo, y que lo único que nos regaló fue un hacinamiento en las pocas casetas disponibles en la cumbre del Monte Batur, donde el té, las palabras de resignación, indignación, frustración, fueron la sinfonía para ese momento. Una lluvia que opacó absolutamente todo el cráter del volcán donde nos encontrábamos, que borró bajo un manto gris, denso y húmedo todo rastro del gran Monte Agung, y que se robó como el más pícaro de los ladrones, toda esperanza de color en ese amanecer.

Cuando intentaba apaciguarse la lluvia, los caminantes comenzaban a descender, pero no pasaban ni 3 minutos y nuevamente la lluvia era el elemento dominante, y así episódicamente pequeños grupos comenzaban a bajar. Después de un muy buen rato, ya sin esperanzas, fríos, aún secos afortunadamente, presentíamos que llegaba nuestro turno de descender. No teníamos previsto, obviamente, en nuestras fachas de ese día, algo que nos protegiese, o al equipo fotográfico, de una lluvia constante, de ese frío que penetraba los huesos. Comenzamos a descender, y allí también entendimos que el descenso sería de supervivencia, y que el romanticismo que dibujó inicialmente al grupo de 7, comenzó a desmoronarse, y cada uno bajaba a su ritmo. Al comenzar a descender, comenzó a acelerar el repiqueteo de las gotas de lluvia, y marcaba el ritmo cada vez más rápido para descender, con cuidado, teníamos que evitar cualquier accidente. Pero, a medida que nuestras chaquetas también comenzaban a parecer un tejado en un día de tormenta, tuvimos que hacer un alto y buscar dentro de la espesura del monte y los restos y desechos en los puntos de encuentro, algo que evitara que todo el equipo electrónico se dañase por el agua-cero. Un poco más desesperados allí, con algo de preocupación, buscamos plásticos, y encontramos un chubasquero en buen estado, dejado allí por algún espíritu bondadoso, así que yo me lo puse, así como maletas, y dispuse las chaquetas con el fin que nada más se mojase. Mi esposa sacrificó su sequedad por el bienestar del equipo – celular – cámara – cargador.

Así, aunque parecía de una pasarela de alta costura abstracta, aunque más parecido a un indigente, y con mi esposa delante, terminamos de descender, con la pareja de franceses siempre muy cerca, nos cuidamos entre nosotros, pero la pareja de India si quedó atrás junto con el guía. Al llegar al punto de encuentro, risas sin esperanza salían de nosotros, quedamos lavados hasta el apellido de la quinta generación, pero no había tristeza, había una tensa calma, porque la madre naturaleza actúa como necesita, como quiere, y nosotros no somos más que parte del mismo cuadro, aunque hemos sido gestores, en gran medida, del daño y los cambios en todo nuestro planeta.

Así culmina esta historia, esta experiencia, de una manera muy distinta a como la habíamos soñado, a como la habíamos planeado, con momentos donde nos entregamos como niños a la lluvia, y otros en donde corríamos por nuestra supervivencia. Puede que cuando tú vayas, tengas mejor fortuna.

 

P.D. No sabemos si las agencias que organizan los tours están completamente conscientes del clima, supimos cuando llegamos, que el día anterior había sucedido lo mismo, pero de allí hacia atrás había sido como suele presentarse: Un espectáculo natural digno de disfrutarse. Pero también entendimos que ellos cumplieron su deber: Los llevamos, los trajimos, subieron, pero si la madre naturaleza no quiso obsequiarles el amanecer, no es responsabilidad de la agencia. No había nada que discutir o que argumentar frente a ello.

Recomendaciones para tu viaje al Monte Batur

  1. Pregunta en diferentes agencias, en tu hotel, en Tripadvisor o redes sociales, y encuentra el mejor precio
  2. Lleva en tu mochila: Agua, aunque te darán agua al llegar a cumbre. Protector Solar. Gafas. Snacks. Cubremaleta, por si llueve.  
  3. Hará un poco de frío, por lo que te aconsejamos: Una chaqueta rompevientos, un pantalon largo, delgado pero cómodo, una camiseta, una gorra. Asegúrate de tener un buen calzado, porque vas a caminar mucho, por senderos no asfaltados y llenos de piedra mientras asciendes. Un chubasquero, por si acaso.  
  4. Trípode si vas a capturar el amanecer con tu cámara fotográfica
  5. Revisa los pronósticos del tiempo, o evalúa en qué temporada vas a estar en Indonesia, para evitar aventuras como la nuestra. 
  6. Paciencia, porque al ser un lugar tan turístico se ha masificado mucho, aunque encontrarás tu rinconcito para disfrutar el amanecer. 

Hasta un próximo post!

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